Monseñor Palma - Mensaje Pastoral

La Palabra y las palabras

Monseñor Víctor Hugo Palma

Al 3er. Domingo del Tiempo Ordinario en la Liturgia Católica precisamente, el Papa Francisco lo ha instituido como el “Domingo de la Palabra” con una intención clara: “Dedicar un domingo del año litúrgico a la celebración, reflexión y divulgación de la Palabra de Dios, nos impulsa a compartirla para manifestar su riqueza inagotable y la certeza de la esperanza que contiene”.

Domingo de la Palabra, pero no de la “biblia”, pues las Escrituras contienen una persona viva, a Jesucristo, que como indican los antiguos maestros: “Dios se ocultó en la carne y se dio en la carne de las Escrituras” (san Gregorio Nacianceno —329 a 360 d.C.— Sermón 28) hablando de una real presencia del Señor en la Palabra escrita, una “somatización” en la letra (cf. Jn 1, 14), se dio en la carne, que luego será la Santísima Eucaristía y se dio en la letra de la Palabra escrita. O como afirmaba Baquiario (Hispania, entre siglos IV y V d.C): “Las Escrituras son el Verbo de Dios envuelto en paños, en los pergaminos de las Escrituras” (C. Colombás en El monacato primitivo 2004).

En otros términos:

1) Como lo declara el Concilio Vaticano II: La Iglesia ha venerado siempre las Sagradas Escrituras al igual que el mismo Cuerpo del Señor, no dejando de tomar de la mesa y de distribuir a los fieles el pan de vida, tanto de la palabra de Dios como del Cuerpo de Cristo, sobre todo en la Sagrada Liturgia. Siempre las ha considerado y considera, juntamente con la Sagrada Tradición, como la regla suprema de su fe, puesto que, inspiradas por Dios y escritas de una vez para siempre, comunican inmutablemente la palabra del mismo Dios, y hacen resonar la voz del Espíritu Santo en las palabras de los Profetas y de los Apóstoles” (Dei Verbum 21).

2) Así, la Palabra no se puede reducir a un “mensaje” más o menos agradable y menos al servicio de ideologías políticas, económicas, culturales, de género, etc.

3) El cristianismo no es una “religión del libro” como el Judaísmo con la Torá o en el Islam con el “dictado” o Corán: el gran peligro de reducir la Biblia a lo que eran las “páginas amarillas” antiguas o a Google en la actualidad, es caer en el fundamentalismo, en cuyo nombre se pueden promover incluso genocidios, estafas religiosas, iglesias empresas, etc.

4) Se pide la escucha humilde de la Palabra, más aún de aquellos que la “hablan y hablan” como si fueran sus propietarios. San Pablo indicaba a los Corintios que “predicó entre ellos con gran temor y temblor” (cf. 1 Corintios 2, 3), por lo que el “manejo de la Palabra” con algún negocio escondido detrás es la peor de las sinvergüenzadas. Los predicadores deben preguntarse no sólo “qué diré”, sino, ante todo, “qué me dice a mí, Cristo Palabra en la Palabra de Cristo”.

5) Según la Buena Noticia del III Domingo del Tiempo Ordinario, Cristo Palabra llama con la expresión “Sígueme” (cf. Marcos 1, 14-20), no para enriquecerse con la Palabra, cosa mala, vivida de forma pasiva por los escuchas. Pues no somos como muchos, que comercian con la palabra de Dios (2 Corintios 2, 17).

Una llamada entonces, la del Domingo de la Palabra a:

1) Dar lugar a la escucha de la Palabra como “encuentro con Jesucristo”, no con ideas convenientes o no;

2) A tener disposición a dejarse y dejar, como los pescadores de Galilea: “La Iglesia ama a los que dejan, no a lo que vienen a buscar” (san Jerónimo, Comentario sobre Mateo).

3) Y sobre todo, un desafío a la “cantidad de palabras vanas” que cada día llegan en redes sociales, en programas radiales o de televisión que no llenan, sino vacían la inteligencia y los valores, de donde vale mucho la afirmación del cardenal Gianfranco Ravasi: “Señor, delante de tu Palabra, que callen las demás palabras”.


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