¿Qué dicen?

«El delito grave de la Iglesia es que no deja pensar» afirmaba el orador americano R. Ingersoll (1988-1899), convencido de que la Iglesia cristiana de su tiempo era un espacio de restricción de la opinión; contrariamente, el también literato y converso inglés C. K. Chesterton (1874-1936) decía: «Al entrar en la Iglesia hay que quitarse el sombrero, no la cabeza».

En realidad ¿qué es, quién es y cuál es su función en la Historia?, es una interrogante amplia que la Iglesia comparte con su mismo fundador, quien en la Buena Noticia de hoy lanza la doble pregunta: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre, quién dicen ustedes que soy yo?».

La pregunta revela que ya en su tiempo se tenían tantas opiniones, y lo mismo sucede con su fundación, que según la BBC actual, es «la institución más grande de la Humanidad» con un mil 287 millones de miembros. Pero aparentemente solo una «institución», no un «misterio espiritual» ni menos la «comunidad de hermanos» que tanto enfatizó el papa Francisco en su viaje a la antípoda coreana del mundo.

Jesús señala por ello tres características de esa «comunidad» que fundó para no dejar a los suyos, cada cual con su creencia (F. Spinetoli): 1) Es una construcción, donde a la piedra angular que es Él corresponde «otra piedra visible históricamente», un servidor de la unidad: Pedro y sus sucesores, a los que se ha confiado en 21 siglos un «tesoro precioso» (la unidad, la enseñanza de la Fe) aunque en «vasos de barro»(2 Corintios 4,7). Esa sola característica ya es «cuestionada»: ¿cómo es posible la «universalidad/unidad» (en griego, nada menos que katoliké, katolikós) a partir no solo del

Espíritu, sino de un símbolo humano —el Papa mismo—? Históricamente las reacciones a «estar todos dentro» han sido tan fuertes que se han originado los «cismas» en nombre de la libertad de interpretación o de asociación, a tal punto que, preocupado por las crecientes divisiones, el mismo Martín Lutero (1483-1546) afirmaba: «Cuando Dios funda una Iglesia, el diablo levanta una capilla»… «Y la segunda siempre está más llena» ampliaba Daniel Defoe (1660-1731); 2) hay en el ministerio de Pedro unas «llaves» para abrir o cerrar, símbolo de los antiguos visires de palacio en Oriente: hay una pertenencia o no más allá de lo subjetivo, y no como sucede hoy, cuando se «escoge una iglesia a la carta» contra la lógica de «vocación» marcada por mismo fundador cuando dijo: «No me eligieron ustedes a mí, sino yo los elegí a ustedes» (Juan 15,16); 3) hay en fin, un «atar/desatar» en referencia a la prolongación en su Iglesia de aquel «librar del poder del Mal», del pecado, que Jesús mismo ejerció siempre.

En fin: no es posible «dar respuestas a Jesús de quién es Él, de qué se dice de Él» sin tener que referirse a su «Iglesia» puesto que si el Maestro ha sido variadamente interpretado, así también su «comunidad de discípulos/misioneros».

Que el luminoso ministerio del «Pedro actual», el Santo Padre Francisco, contribuya a llamar a la unidad cristiana con el amor que él sabe hacerlo, y juntos, todos los cristianos puedan responder al creciente ateísmo y secularismo del mundo: no somos un mero servicio religioso de pago, o una empresa espiritual, ninguna plataforma meramente social u «ONG», sino «Su presencia» aún más allá de las debilidades de los miembros de su Cuerpo, la Iglesia misma.

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Columna Publicada en Prensa Libre el 24 de agosto 2014


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