Homilías

Published on 10 agosto 2014 | by Monseñor Víctor Hugo Palma Paúl

XIX domingo del tiempo ordinario

Mensaje de Monseñor Víctor Hugo Palma, Obispo de la Diócesis de Escuintla

Queridos hermanos y hermanas en el Señor:

Los hechos del Evangelio no han sido escritos sólo para ser consultados, sin también para ser puestos en práctica. A quien escucha se le invita a entrar en la página del Evangelio, a convertirse de espectador en actor, a ser parte del proyecto salvífico de jesús. La Iglesia primitava nos da el ejemplo. La manera en que se cuenta el episodio de la tempestad clamada, muestra que la comunidad cristiana lo aplicó a su propia situación. en aquella tarde, cuando había despedido a la multitud, Jesús había subido solo al monte para rezar; ahora, en el momento en el que Mateo escribe su Evangelio, Jesús se ha despedido de sus discípulos y ha ascendido al cielo, donde vive rezando e “intercediendo” por los suyos. En aquella tarde echó mar adentro la barca; ahora ha echado a la Iglesia en el gran mar del mundo. Entonces se había levantado un fuerte viento contrario; ahora la Iglesia vive sus primeras experiencias de persecución.

En esta nueva situación, ¿qué les decía a los cristianos el recuerdo de aquella noche?. Que Jesús no estaba lejos ni ausente, que siempre se podía contar con él, Que también ahora daba órdenes a sus discípulos para que se le acercaran “caminando sobre las aguas”, es decir, avanzando entre las corrientes de este mundo, apoyándose sólo en la fe.

En la misma invitación que hoy nos presenta: aplicar lo sucedido a nuestra vida personal. Cuántas veces nuestra vida se parece a esa barca “zarandeada por las olas a causa del viento contrario”. La barca zarandeada puede ser el propio matrimonio, los negocios, la salud. El viento contrario puede ser la hostilidad y la incomprensión de las personas, los reveses continuos de la vida, la dificultad para encontrar casa o trabajo. Quizá al inicio hemos afrontado con valentía las dificultades, decididos a no perder la fe, a confiar en Dios.

Este es el momento de acoger y experimentar como si se nos hubieran dirigido personalmente a nosotros las palabras que Jesús dirigió en esta circunstancia a los apóstoles: “¡Ánimo, que soy yo; no tengan miedo!”. Los miedos nos paralizan, no nos dejan caminar, no nos dejan actuar. Para allar es preciso ponerse a caminar. Como Pedro. Por eso y a pesar de todas las deficiencias, pudo llegar a la fe. Camina sobre las aguas como Jesús, pero no por su propio poder. Puede hacerlo con la palabra de Jesús: “Ven”.

La actitud de Pedro personifica y ejemplifica todo caminar hacia Jesús. Un caminar que no está exento de dudas ni de inseguridades humanas, porque cuando creemos no nos entregamos a algo evidente. Jesús rechaza siempre ese deseo de ser contemporáneos de querer tener signos palpables y seguros para creer. No hay otro signo que la vida asumida con toda su inseguridad, confiando en Dios, que nos ofrece la orientación de un camino que para nosotros es desconocido en todo momento; un camino que se nos va desvelando según vamos transitando por él.

Pienso en este momento en los sacerdotes, llamados a ser animadores de la fe y de hecho lo son, no solo con la predicación, sino con su vida entregada y consagrada al Señor. con la fe realizan los mismos signos que Jesús y mayores (Jn 14,12). Pero para eso hemos de salir de nosotros mismos y caminar hacia lo que no vemos, fiados de la palabra de Jesús: “Ven”. Sólo una fe perfecta supera el riesgo humano apoyado en la seguridad divina. Pero ¿quién tiene esa fe? Para ser creyente hace falta mucho corazón, echarle valor y coraje y lanzarse al agua. Sólo lanzándonos al agua hallaremos a Dios, sólo el que se arriesga encuentra el camino.

Monseñor Víctor Hugo Palma




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