Homilías

Published on 1 agosto 2015 | by Padre Víctor Hugo Villatoro Montenegro

Reflexión Domingo XVIII Tiempo Ordinario, ciclo B

Este domingo continuamos con la lectura del Evangelio de San Juan en el capítulo sexto, donde descubrimos que la gente busca a Jesús, lo sigue, ¿ y cuál es la razón?: Jesús lo dice: lo buscan no por sus señales milagrosas, sino porque haber comido aquellos panes hasta saciase (el pan material). El cual es importante, incluso Él nos ha enseñado a pedirlo cada día. Pero el ser humano necesita algo más. Con razón decía san Agustín, “Nos hiciste Señor para ti, y nuestro corazón estará inquieto, hasta que descanse en Ti”. Es decir que hay hambre de Dios en el corazón de las personas. Sin embargo, hay que purificar ese deseo de Dios. Porque muchos siguen a Jesús hoy por protección, seguridad… para que mi negocio prospere (decía alguno, y cuando se quemó se alejó de Dios… o sea que lo seguía por interés, no por lo que Dios realmente es) para que sane de mi enfermedad… (Pero olvidan el futuro con Dios, el horizonte nuevo, la posibilidad de que a pesar de las cruces de la vida, siempre hay un nuevo horizonte, la vida eterna). Recordemos que el amor a Dios debe ser siempre desinteresado, perfecto, sin condiciones… como lo describe este soneto del siglo XVI atribuido a la mística de tal siglo:

No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido,
muéveme ver tu cuerpo tan herido,
muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera,
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.

Regresando al Evangelio, descubrimos que Jesús les dice “no trabajen por el alimento que se acaba, sino por el alimento que dura para la vida eterna y que les dará el Hijo del hombre”… Jesús promete aquí un verdadero alimento: la Eucaristía, y a la vez lo pone por encima de cualquier alimento humano. Ahora ya sabemos que la Eucaristía es Jesús en forma sacramental.

Pero detengámonos en las palabras de Cristo “trabajen por el alimento que dura para la vida eterna”, pues hoy descubrimos que muchos pierden su vida por el pan material, venden su alma por tener más medios humanos, para un bienestar personal y muchas veces como sucede en nuestro país, a base de la corrupción… pero ese pan se acaba, se termina en el momento de morir, pues ningún pan nos dará la vida eterna, sino el pan que dura para la vida eterna que es Cristo. Esto es importante en este siglo, pues hoy fácilmente perdemos el sentido de la eternidad. Ciertamente se valora la vida, pero se ha perdido el sano deseo de ir al cielo.

La gente entiende las palabras de Jesús y le preguntan ¿qué necesitamos para hacer las obras de Dios?. Entendemos que la gente tenía buena intención, prácticamente están confesando que están equivocados en la forma en que lo siguen, porque lo seguían porque esperan de Él más pan para comer pero ahora le preguntan a Jesús qué necesitan para purificar su seguimiento, y Jesús les responde lo importante que es la fe en Él, en el Hijo de Dios; porque Él es el camino hacia el Padre.

Preguntémonos ¿qué es creer en Jesús? ¿Es solamente una experiencia mental, teórica? No, creer significa adherirse a Él, a su forma de vida, es configurarse con él… es vivir su manera de vivir, amando a todos y procurando el bien a los demás, siendo misericordiosos… pero hay que purificar esa fe, porque algunos dicen que basta “Aceptar a Jesús con los labios y el corazón” pero también está escrito: “No todo el que me diga Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos…” porque el creer en él es vivir como él: siempre humilde y misericordioso. Porque hoy hasta los corruptos creen en Cristo y supuestamente buenos católicos o protestantes.

Finalmente en el desenlace de este evangelio surge la pregunta ¿qué señal nos das tú para creerte? ¿Cuáles son tus obras? Porque nuestros padres comieron el maná en el desierto, el pan del cielo. Y Tú ¿que harás? Y Jesús les contesta:

“No fue Moisés quien les dio el pan del cielo, es mi Padre quien les da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo”. “Señor danos siempre de ese pan” respondieron y Jesús añade: “Yo soy el pan de la vida, el que viene a mí no tendrá hambre, el que cree en mí nunca tendrá sed.” Jesús culmina el diálogo llevándolos a la cima de los sacramentos, la Eucaristía, el Pan de Vida, el único que sacia el hambre y que necesita fe para adherirse a este pan. Él es el mejor regalo del Padre, Cristo su hijo, que se ha quedado como Pan de vida eterna.




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