Sigamos a aquel a quien todos buscan

Mensaje de Monseñor Víctor Hugo Palma, Obispo de la Diócesis de Escuintla

Queridos hermanos y hermanas en el Señor:

La Palabra de Dios en este domingo es verdaderamente luminosa y conmovedora: por una parte nos presenta muy vivamente la realidad de la debilidad humana, por ejemplo en el caso de la enfermedad: en la primera lectura nos parece escuchar por boca de Job algo tan conocido como es el lamento de un ser humano que sufre casi hasta la desesperación por los dolores físicos: “La noche se alarga y me canso de dar vueltas hasta que amanece”.

Un sufrimiento físico que, como decía San Juan Pablo II, nunca está separado del sufrimiento moral del abandono y la soledad de los enfermos (cfr. Carta “Salvifici doloris”). Es el lamento que en su soledad y abandono, antes de encontrarse con el Señor bien pudiera expresar aquella mujer, la suegra de Pedro en la escena del Evangelio. El mismo salmo responsorial por el contrario, alienta a la esperanza en Aquel que venda las heridas de su pueblo.

Como decía, es un domingo de verdades luminosas: ¡Dios conoce nuestros sufrimientos, y los lamentos del enfermo llegan hasta sus oídos!. Por ello, en el Evangelio, aparece Jesucristo, en la bella narración de un día entero en Cafarnaúm, la pequeña ciudad de pescadores: allá tiene lugar un encuentro que conmueve, por la misericordia del Señor hacia la enfermedad, y por su capacidad de cercanía: “Tomándola de la mano, la levantó”.

Los detalles de relato del evangelista son una verdadera catequesis, en primer lugar, de quién es Cristo:

  • Apartándose de la multitud que lo aclama, el Señor se dirige a una casa humilde, la de Pedro: Él es el Dios con nosotros que entra a nuestras casas, a nuestras situaciones, que no contempla de lejos, sino como Siervo de Dios, “toma sobre sí nuestras enfermedades y cura nuestras dolencias”;
  • En el gesto de tomar la mano de aquella mujer enferma se hace más concreta todavía la misericordia divina. Y es que el Señor no es como tantos predicadores “realizadores de milagros” para captar la admiración y en ocasiones, para hacer proselitismo engañoso: ¡Cristo siente compasión! Y esa compasión lo hace cercano.

En su Mensaje para la Jornada de los Enfermos de este 11 de Febrero, Memoria de Nuestra Señora de Lourdes, el Papa Francisco nos dice: Cuántos cristianos dan testimonio también hoy, no con las palabras, sino con su vida radicada en una fe genuina, y son «ojos del ciego» y «del cojo los pies».

Personas que están junto a los enfermos que tienen necesidad de una asistencia continuada, de una ayuda para lavarse, para vestirse, para alimentarse. Este servicio, especialmente cuando se prolonga en el tiempo, se puede volver fatigoso y pesado. Es relativamente fácil servir por algunos días, pero es difícil cuidar de una persona durante meses o incluso durante años, incluso cuando ella ya no es capaz de agradecer.

Y, sin embargo, ¡qué gran camino de santificación es éste! En esos momentos se puede contar de modo particular con la cercanía del Señor, y se es también un apoyo especial para la misión de la Iglesia;

  • Finalmente, en aquella mujer curada que “se pone a servir” la Iglesia en su tradición espiritual se ha reconocido a sí misma: ¡nosotros todos, hemos sido curados por el Siervo de Dios, y ahora debemos servirle en el cuidado a los enfermos, a los débiles, a los sufrientes en el cuerpo o en el espíritu!.

Que como Pedro, “llevemos al Señor a nuestra casa” allá donde tenemos enfermos de todo tipo, y que con humildad le pidamos que les tome de la mano, que les levante con nuestra colaboración para a nadie falte el gozo del amor de Aquel al que todos buscan, y que es Cristo, Amor de Dios que camina en el mundo.

Monseñor Víctor Hugo Palma


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