Homilías

Published on 22 marzo 2015 | by Padre Víctor Hugo Villatoro Montenegro

Homilía V Domingo de Cuaresma

En el evangelio de este quinto domingo de cuaresma, el último domingo previo a la Semana Santa, Jesús se encuentra en Jerusalén, junto con muchos extranjeros para celebrar la fiesta judía de la Pascua. Por eso, las lecturas de hoy nos presenta la inminencia de estos santos acontecimientos, momentos de fuerte experiencia de miedo de Jesús y sin embargo donde triunfa siempre su obediencia al Padre y el amor hacia la humanidad que le movió a soportar su calvario. Pero veamos qué nos dice la primera  y segunda lectura:

En Jeremías, hoy escuchamos por primera vez  en todo el AT el anuncio de una Alianza Nueva, inscrita en el corazón mismo del hombre, por eso el salmo nos invita a proclamar: “Crea en mí Señor, un corazón puro”, porque Dios puede transformar nuestros corazones heridos y enfermos por el pecado en corazones sanos que sepan amar sin medida como Él nos amó. Por eso, en esta última etapa de la cuaresma preguntémonos ¿Cómo está nuestro corazón? ¿Estaremos listos para celebrar ya la Pascua del Señor? Hoy escuchamos que el pueblo de Israel no estaba preparado para celebrar la Pascua, porque había fallado en su alianza, la cual fracasó, quizás no en el cumplimiento de los sacrificios, ofrendas, etc. pero sí en la actitud interior respecto a Dios y a los hermanos. Cumplían los ritos, pero no vivían interiormente el amor. Un peligro latente también hoy, porque quizás muchos cumplimos con venir a Misa pero vivimos peleando, hablando mal de la gente, devorando al hermano con nuestra lengua, etc. Por lo que aún nos hace falta sanar nuestros corazones y renovar la alianza nueva del Señor.

Por eso, la carta a los Hebreos nos abre al gran amor de Cristo por nosotros y nos relata cómo Él sufrió ofreciendo oraciones y súplicas con fuertes voces y lágrimas, y aprendió a obedecer padeciendo. Jesús sabe lo que es el dolor, el sufrimiento, y por eso está cerca de nosotros cuando padecemos, lo que es algo extraño para un mundo guiado por la lógica de la comodidad y del éxito, donde nos rendimos ante cualquier sufrimiento o problema y se abandona toda lucha y esfuerzo por miedo al dolor o falta de coraje a la vida. Por eso Jesús es ejemplo de fortaleza el cual nos enseña a padecer con esperanza y poniéndonos en la voluntad de Dios.

Y finalmente en el Evangelio, la alianza nueva la sella Jesús con su sangre, Evangelio que relata cómo algunos hombres querían ver al famoso Jesús, aquél que curaba, que sanaba, etc… sin embargo se encuentran con alguien muy distinto, con alguien que tiene miedo, que está sufriendo seriamente porque el camino de la cruz es serio, no es ningún viaje placentero, excursión o picnic, por eso Jesús les contesta: “ha llegado la Hora en que el hijo del hombre sea glorificado: les aseguro que si el grano de trigo no muere, queda infecundo, pero si muere producirá mucho fruto” También hoy nos acercamos a la Hora de Jesús, el momento más importante de su vida: su Pasión, Muerte y Resurrección (su Pascua).

El grano de trigo que muere para dar vida es precisamente imagen del mismo Cristo, que muere y es sepultado y que pasa de la muerte a la vida. Incluso en la naturaleza pasa esto, una semilla insignificante y aparentemente muerta, tiene vida cuando cae en tierra, cuando es enterrada, porque ella guarda la ley de la vida.

Así pasa con nosotros, tenemos que ser como Cristo semillas que caen en tierra, que se dejen caer en las manos de Dios. Es decir, dejarnos morir en Cristo, para ser hombres nuevos es dejarnos en su voluntad, en su providencia. A veces habrá que dejar morir nuestros gustos, nuestros planes o proyectos para que sea Dios el que haga florecer su voluntad. Cuando nos llega nuestra hora, pidamos al Señor fuerza, porque vivimos una época donde la gente huye del dolor, o de las dificultades. Por ejemplo hoy abunda el divorcio, porque nos rendimos enseguida, y creemos soluciones rápidas sin intentar ni siquiera reconstruir la familia, etc. Por eso, cuando también llegue nuestra hora digámosle al Señor como San Agustín “Señor, dame lo que me pides, y pídeme lo que quieras” porque sabemos que solos no podemos, que necesitamos la fuerza y la gracia de lo alto.

 “Transforma Señor nuestros corazones, crea en nosotros un corazón puro, renueva nuestra voluntad egoísta, para ser grano de trigo, para seguir tus caminos, el camino exigente de la cruz”. Amén.




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