La verdadera grandeza Cristiana

Mensaje de Monseñor Víctor Hugo Palma, Obispo de la Diócesis de Escuintla

Queridos hermanos y hermanas en el Señor:

En su camino a Jerusalén, donde entregará su vida por la salvación del mundo, Jesús es acompañado de sus discípulos, quienes no obstante “estar con Él” no logran conformar su pensamiento y su vida entera con Aquel a quien siguen: entre Jesús y sus seguidores hay siempre una distancia, aquella entre la humildad y la soberbia.

En la Palabra de Dios de este domingo, el Evangelio según San Marcos vuelve a señalar esa distancia: los hermanos Santiago y Juan le piden al Señor tener “los primeros puestos” en el reino que se imaginan que va comenzar en Jerusalén.

Ellos no se dan cuenta que Aquel al que siguen es el “Siervo de Yahvéh” del que habla Isaías en la primera lectura diciendo: “Cuando entregue su vida como expiación, verá a sus descendientes, prolongará sus años…”. Dios tenía un “plan de grandeza” para su Hijo Jesucristo: la grandeza espiritual que se alcanza mediante el amor que se hace servicio supremo.

Hoy podemos notar esa “lamentable” distancia entre el plan de Dios y el pensamiento humano, incluso de quienes nos decimos “seguidores de Cristo” pero rendimos culto a la idolatría del “egocentrismo” (ponerse uno al centro y esperar que los demás le sirvan) como tanto lamenta el Papa Francisco que pueda pasar en la Iglesia.

La enseñanza de la Palabra de Dios es clara:

1) Hemos de seguir a Cristo “imitando a Cristo”: es decir, tener sus actitudes de entrega y sobre todo de servicio: Él se define (tal como Isaías dice en la primera lectura) como el “Hijo del hombre que no ha venido a ser servido sino a servir”. Un pensamiento no cristiano pero válido, del poeta indú Tagore dice: “Soñé que la vida era felicidad: desperté y vi que la vida es servicio: serví y encontré la felicidad”: ¡es una pena que los cristianos no pensemos así!;

2) Hemos de cuidarnos de la “mentalidad del mundo” donde los grandes no sirven sino que “se sirven” de los demás: todos los males sociales que en Guatemala se lamentan en estos tiempos vienen de una perversión de las funciones sociales donde no se tiene vocación al servicio con sacrificio sino que abunda el deseo de ganancia y el demonio de la soberbia. Recordemos que “la soberbia es el mayor pecado, el pecado del demonio rival de Dios”;

3) Hemos de hacer de nuestras comunidades parroquiales “centros de servicio desinteresado” a las causas urgentes de la paz, la justicia, el perdón y la alegría verdaderas;

4) Hemos, en fin, de comenzar por nuestras familias: seguimos orando por el Sínodo de los Obispos, para que el Espíritu Santo ilumine dicha reunión y tengamos propuestas de la Familia como “escuela del servicio, de la humildad”.

Pidamos al Señor dicha “grandeza cristiana: servir como su Siervo”, y que Nuestra Señora del Rosario, Patrona de Guatemala pida por nosotros: ella que respondió al ángel Gabriel con el título de su mismo Hijo: “He aquí la sierva, la esclava del Señor”.

Que la colectas diocesanas por las víctimas de El Cambray II sean una forma concreta de servir a quien sufre, y sean causa de crecimiento en la verdadera grandeza cristiana en la Iglesia de Dios en Escuintla.

Firma Monseñor Víctor Hugo Palma


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