Monseñor Palma - Mensaje Pastoral

¿Se puede “santificar” el trabajo humano… para los pobres?

Monseñor Víctor Hugo Palma

De la relación entre el trabajo físico y normal y la espiritualidad de quien lo ejercita decía San Agustín de Hipona: “Reza como si todo dependiera de Dios. Trabaja como si todo dependiera de ti”. Una relación —la de las manos y del espíritu— innegablemente ofuscada en los tiempos actuales por la “fuga Dei” —apartamiento de Dios—, que determina el laicismo: omitir la dimensión divina en las acciones humanas, las cuales, sin embargo, se resisten en el fondo a ser “una pura actividad productiva”, aunque esta sea muy intensa: “No puedo parar de trabajar. Tendré toda la eternidad para descansar” (Madre Teresa de Calcuta).

La Buena Noticia del XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario, en el penúltimo domingo del año cristiano, reporta la relación entre el trabajo humano, el ordinario, el doméstico, el casi “casi rutinario”, con lo propio del creyente: más allá de lo que uno trabaja, hay Uno —con mayúscula— que da sentido y orientación a cualquier tarea:

a) El retrato de la “mujer hacendosa” del libro de los Proverbios: aquella incansable trabajadora y emprendedora —puesto que producía para poder tener unos centavos de más para sus hijos— es el rostro del “amor que se fatiga, que se cansa, no para tener más, sino para disponer de más para los suyos en casa”. Cuidado, no es el rostro de una “superproductora” cuyo afán sea solo más ganancia, sino el “gusto incluso en el desvelo, porque piensa en los suyos”, “haz el trabajo con gusto y entonces no tendrás que trabajar nunca, sino darte gusto” (Confucio, 551-479 a. C).

El drama de un trabajo sin sentido fue señalado por San Juan Pablo II en su encíclica “sobre el trabajo humano” (Laborem Exercens 14 septiembre 1981), insiste en que la enseñanza de la Iglesia no es de tipo técnico, pero sí sobre lo que puede conllevar la pérdida del sentido del trabajo, como son las malas condiciones laborales y desorientar a lo que todo trabajo debe tender, la finalidad del auténtico progreso del hombre y la sociedad (No. 2);

b) En una de las parábolas “de fin de año” que invita a “evaluar la responsabilidad más que la productividad del trabajo”, Cristo hace la comparación de lo confiado al hombre con los “talentos” que reparte el señor que se va de viaje y “tarda en volver”:

1) No es un reto a la pura productividad sin rostro humano —como aquella que peligra de imponer una inteligencia artificial que provoque el desempleo, aunque aumente la producción y reduzca los costos—, sino un “ver qué se ha hecho con lo encomendado: la vida personal, la familia, el empleo y la responsabilidad social, tanto de la empresa como del trabajador«;

2) La alabanza es porque “el tiempo de producir se ha aprovechado”: invitación al año que termina, no para una “auditoría” más allá de las cifras de “ganancia”, sino de cuán digno y bien hecho ha sido el trabajo, la vida familiar, la vida personal;

3) El drama del “siervo perezoso” recuerda el pecado de la pereza, como desafecto, dejadez, desinterés y sobre todo, posible “corrupción”. El alegato de ese siervo “es legal”, no había responsabilidad si se enterraba el dinero. A la pereza se añade el descaro, el resentimiento y el alegato.

En la Jornada Mundial de los Pobres de mañana, No apartes tu rostro del pobre” (Tobías 4, 7), se invita a la solidaridad con los empobrecidos por las guerras, la falta de oportunidades, la corrupción administrativa o tal vez con la moda de “trabajar menos, ganando más”. Una santificación del trabajo que se resume en crear oportunidades, pero también el “dar de tus bienes y no hacerlo de mala gana”. Que los empleadores, los empleados y todos quienes reciben “talentos” de cualquier tipo contemplen un futuro de “evaluación” para motivarnos a dar lo mejor posible, no por ganancia, sino por el amor que “siempre cree y no se cansa” (cf. 1 Corintios 12, 2ss).


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