Homilía en la Solemnidad de Pentecostés

Celebramos en este domingo la Solemnidad de Pentecostés, donde el protagonista evidentemente es Dios Espíritu Santo, la tercera Persona Divina, quien como escuchamos en los relatos bíblicos impulsó a la Iglesia a la misión y la llenó de vida para dar testimonio de Dios en medio de un mundo sin Espíritu y que ha cerrado las puertas al don de Dios.

La primera lectura es el relato de Pentecostés narrado por el libro de los Hechos de los Apóstoles: Todos se llenaron del Espíritu Santo.

Recordemos que bíblicamente la fiesta de Pentecostés celebrada por los judíos, era una fiesta agrícola, llamada también fiesta de la cosecha, de las semanas, aunque también era relacionada con el don de la Ley en el Sinaí (Ex 19) era llamada “fiesta de la Alianza”. Por eso hay similitudes narradas en el libro de los Hechos como imágenes que recuerdan la escena de la Alianza en el Sinaí:

Como  en el Sinaí, Dios se manifiesta ahora en varias imágenes:

  • el viento que es sinónimo del trueno o rumor del monte.
  • el fuego, divido como en lenguas en las cabezas de cada uno.

El fruto del Espíritu será el destino universal de la salvación a través del don de lenguas, porque cada extranjero les oye hablar en su propia lengua, lo que indica claramente el destino universal de la Palabra de Dios, que tiene que ser escuchada en todo el mundo y comprendida por todos creando unidad no desconciertos.

La segunda lectura, afirma la importancia del Espíritu respecto con Jesús. Es el Espíritu que nos conduce a Jesús, al cumplimiento de sus mandamientos, de su estilo de vida. Hoy pareciera que muchos han abandonado este camino, y se han quedado en un pentecostalismo, abusando del Espíritu, como si se tratara de una energía, una descarga eléctrica que hace milagros a diestra y siniestra, olvidando que estamos ante la tercera Persona Divina, que nos trae el vínculo del a unidad.

El Evangelio de San Juan, narra la presencia de Jesús en medio de los discípulos que se encontraban a puerta cerrada por miedo a los judíos. Jesús resucitado entra, les da el don de la paz y  sopla sobre ellos el Espíritu Santo dándoles poder para perdonar los pecados, dejándonos por su Espíritu el sacramento de la confesión, porque perdonar es amar, y el Espíritu es el amor del Padre y del Hijo.

También como cristianos en la celebración de Pentecostés recordamos que es Jesús que nos envía su Espíritu, como cosecha más excelente de su Pascua, pues Jesús fue sepultado, fue enterrado como el trigo que muere y ahora el fruto de su muerte-resurrección es su Espíritu, porque tal y como dice el Catecismo de la Iglesia “sin el Espíritu es imposible ver al Hijo de Dios, y sin el Hijo nadie puede acercarse al Padre, porque el conocimiento del Padre es el Hijo y el conocimiento del Hijo se logra por el Espíritu Santo”.

Ven Espíritu Santo y envíanos desde el cielo un rayo de tu luz, para iluminarnos


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