Homilías

Published on 14 junio 2014 | by Padre Víctor Hugo Villatoro Montenegro

Solemnidad de la Santísima Trinidad

Un misterio Cercano: La Santísima Trinidad:

Celebramos en este día la fiesta de la Santísima Trinidad. Ciertamente en su nombre hemos comenzado nuestra celebración y así también la concluimos: en el nombre del Padre y del Hijo y el Espíritu Santo. Amén. Es curioso porque el Misterio de la Trinidad, algo tan profundo, desde pequeños nos lo han enseñado cuando nuestras mamás o papás nos  inician en hacer la señal de la cruz, en persignarnos. Pero después lo hacemos quizás de carretilla sin meditar en lo que hacemos, o mejor dicho sin meditar en las  tres personas que forman un solo Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo. En el nombre de la Trinidad hemos sido bautizados y en su nombre también nacemos a la vida eterna.

Antes de atender lo que nos dicen las lecturas, hemos de ser humildes y reconocer que nunca vamos a comprender a cabalidad el misterio de la Santísima Trinidad. Como cuando nos encontramos en la orilla de un lago grande y queremos saber qué hay en la otra orilla y por más que agudicemos nuestra vista no vamos a lograr descubrirla, habrá que subir a una barca y navegar. Ante el misterio de la Santísima Trinidad, hemos de preocuparnos no tanto por entender el misterio, sino permanecer en esa barca que es la Iglesia y llegar así a la Santísima Trinidad.

Las lecturas de hoy nos han dicho algunas características de la Trinidad Santa:

1ª. Lectura: Exodo 34,4-6.8-9

Cuando Dios se presenta a Moisés en el monte Sinaí, el Señor le dice: “Yo soy el Señor, el Señor Dios, compasivo y clemente, paciente, misericordioso y fiel”. Lo que primero pensamos de Dios es que es un juez, un detective o policía, y no pensamos que es nuestro Padre compasivo y misericordioso. Qué bello pensar eso, y saber que Él mismo nos da la confianza en su misericordia. En Dios lo primero no es la justicia que castiga sino el amor que perdona.

Y Moisés le dijo algo muy bonito a Dios que se le reveló: “si de veras he hallado gracia a tus ojos, dígnate venir ahora con nosotros, aunque este pueblo sea de cabera dura”  y el Señor ciertamente se quedó con su pueblo, porque Él ama a los suyos aunque estén extraviados, aunque sean cabeza dura y le hallan fallado, porque Dios no es como nosotros que desecha lo que no sirve, pues Él siempre quiere rescatar lo perdido, y perdonar al pecador arrepentido.

Evangelio Juan 3,16-18

Este amor de Dios hacia nosotros, se manifiesta en lo que hoy nos dice el Evangelio: Dios ama a su pueblo con un amor cercano, no con un amor extraterrestre, un amor de lejos, como el amor de quien se separa que sin querer queriendo va muriendo, se va enfriando (aunque dicen que no siempre es así), pero “el amor solo con el mucho trato se logra”  (Por ejemplo: cuentan por ahí, que cierta vez una pareja de esposos tuvo que separarse, el esposo por necesidad se fue a los Estados Unidos, pero le enviaba cartas cada día a su esposa, y día tras día ella también le respondía, total que al año de estarse enviando cartas y cartas…. Ese amor parecía que se mantenía pero finalmente la esposa se enamoró del cartero” porque el “el amor solo con el mucho trato se logra”.

Por eso Dios no nos ama de lejos, sino nos amó tanto que Él mismo por amor, nos envió lo mejor que tenía: Su propio Hijo. El Padre nos dio a su propio Hijo por amor, porque es misericordioso y nos dio más de lo que merecíamos. Ese es el amor del Padre, un amor infinito, extraordinario.

El juicio de Dios sobre el mundo entonces no es de condena “no envió Dios a su Hijo al mundo para condenarlo sino para salvarlo a través de su Hijo” Y el amor del Hijo es también extraordinario porque vino a este mundo perdido por el pecado a rescatarnos por amor, y pasó su vida amando hasta el extremo de morir una cruz por nuestros pecados.

Bueno hemos hablado del amor del Padre y del amor del Hijo, pero no olvidemos al Espíritu Santo. En cada amor hay siempre tres realidades o sujetos: uno que ama, uno que es amado y el amor que les une. La fuerza de este amor de Dios se nos revela hoy a través de su Espíritu, la tercera persona de la Santísima Trinidad que comunica ese amor de Dios. No lo olvidemos porque es quien trabaja en nuestras vidas y es el único que nos puede llevar a decir que creemos en Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo.

En resumen: podemos decir, que la Santísima Trinidad tiene un rostro, y ese rostro es el amor, tiene una ley, que es la ley del amor, que nos capacita para vivir, según San Pablo, en armonía y en paz como la Santísima Trinidad.

¿Cómo vivimos nosotros ese amor en nuestra familia a ejemplo de la Santísima Trinidad?

Y cómo no volver nuestra mirada a María Santísima, mujer trinitaria por excelencia, a quien el Padre eligió como madre su Hijo por obra del Espíritu Santo. Santa María hija del Padre, madre del Hijo y esposa del Espíritu: Ruega por nosotros.




Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Back to Top ↑